«Un chavista menos», dice.
Y sonríe. Le digo que ese enunciado es igual a: «un palestino menos», «un judío
menos», «un negro menos», «un homosexual menos», «un socialista menos», «un…
menos». Me mira y veo que no entiende. No sabe que le han enseñado a no
entender. No sabe que con ese enunciado la han asesinado también. No entiende (no puede)
que ya está muerta.
Porque la palabra es el lugar del sentido de un pueblo, su arte para las diferencias del espíritu, su música para estar en el mundo y ser el mundo.
miércoles, 8 de octubre de 2014
martes, 26 de agosto de 2014
LOS AUTONAUTAS DE LA COSMOPISTA
Carol Dunlop y Julio
Cortázar
(Muchnik Editores, 1984)
Post-scriptum, diciembre
de 1982.
Lector, tal vez ya lo
sabes: Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y
escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos
unidas en una sola búsqueda de ritmo y melodía.
Apenas terminada la
expedición, volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a
Nicaragua donde había y hay tanto que hacer. Carol reanudó allí su trabajo de
fotógrafa mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes
posibles la verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que
infatigablemente continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad. También
allí encontramos felicidad, ya no solos en los paraderos del París-Marsella
sino en el contacto cotidiano con mujeres, hombres y niños que miraban como nosotros
hacia delante. Allí la Osita empezó a declinar, víctima de un mal que creímos
pasajero porque en ella la voluntad de la vida era más fuerte que todos los
pronósticos, y yo compartía su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa,
su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más
hermoso. Volvimos a París llenos de planes: terminar juntos el libro, dar sus
derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir todavía más
intensamente. Siguieron dos meses que nuestros amigos llenaron de cariño, dos
meses en que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese
valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no
podía ya acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un
hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella
que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas.
A ella le debo, como le
debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita,
que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que
tu mano escribe, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor
no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñarte a vivir como acaso
hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que
sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista.
jueves, 17 de abril de 2014
La soledad de América Latina
La soledad de América Latina
Por
Gabriel García Márquez
Antonio Pigafetta, un navegante florentino que
acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a
su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin
embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto
cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras
empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin
lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un
engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de
ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que
encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel
gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia
imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se
vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos
el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos.
Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro
país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos
años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los
cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico
Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México,
en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y
sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos
misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas
cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco
para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más
tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas
gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban
piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos
persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión
alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril
interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable
con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un
metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a
salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue
tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la
pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles.
El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como
un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y
su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El
general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El
Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos,
había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban
envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para
combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco
Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una
estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas
usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro
tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En
las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han
irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias
fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres
alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con
la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente
prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo
contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca
esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un
militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha
habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino
que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América
Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños
latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de
cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos
de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde
están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres
encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero
aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados
en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades
militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de
200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil
perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América
Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados
Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas
en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido
un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay,
una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se
consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el
destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El
Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El
país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos
de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y
no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención
de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del
papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras
incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación
insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano
errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte.
Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas
las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle
muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido
la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble
nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros,
que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos
racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus
propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para
interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma
vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la
vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia
es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La
interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a
hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más
solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si
tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó
300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un
obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante
20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y
que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan
con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa
como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger,
cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba
Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de
espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande
más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su
manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir
menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a
los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto
del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un
alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de
independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas
distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en
cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos
admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de
suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por
qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de
imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano
con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el
dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias
seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil
leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo
han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras
fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que
vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el
tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el
abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes,
ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a
través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja
tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera:
cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una
cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la
población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con
menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En
cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder
de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres
humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos
que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner
dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me
sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la
conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la
humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años
es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta
realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de
parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos
sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para
emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora
utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de
morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y
donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y
para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
martes, 4 de marzo de 2014
CRÓNICAS 2014, 5-3-2014
LOS
POEMAS DE HUGO CHÁVEZ, COMANDANTE ETERNO, PRESIDENTE INVICTO DE LA REPÚBLICA
BOLIVARIANA DE VENEZUELA
A un año de tu siembra te
oigo recitar o leer estos poemas y tu voz se cuela por las cajas de resonancia
de mi memoria, bailando. Aun te veo entrecerrando los ojos y llevándote las
manos al pecho, o dejándolas volar como libélulas, para regalarnos el sentido de
la voz del poema, su fuerza de verdad, de historia de la Patria Grande…
FLORENTINO Y EL
DIABLO
Alberto Arvelo Torrealba
(fragmento)
El
Reto
El
coplero Florentino
por
el ancho terraplén
caminos
del Desamparo
desanda
a golpe de seis.
Puntero
en la soledad
que
enlutan llamas de ayer,
macolla
de tierra errante
le
nace bajo el corcel.
Ojo
ciego el lagunazo
sin
junco, garza ni grey,
dura
cuenca enterronada
donde
el casco da traspié.
Los
escuálidos espinos
desnudan
su amarillez,
las
chicharras atolondran
el
cenizo anochecer.
Parece
que para el mundo
La
palma sin un vaivén.
El
coplero solitario
vive
su grave altivez
de
ir caminando el erial
como
quien pisa vergel.
En
el caño de Las Animas
se
para muerto de sed
y
en las patas del castaño
ve
lo claro del jagüey.
El
cacho de beber tira,
en
agua lo oye caer;
cuando
lo va levantando
se
le salpican los pies,
pero
del cuerno vacío
ni
gota pudo beber.
Vuelve
a tirarlo y salpica
el
agua clara otra vez,
ávido
sorbo susurran
los
belfos del palafrén;
dulce
rosario destila
del
empapado cordel;
más
sólo arena sus ojos
en
el turbio fondo ven.
Yermo
la frente, el suspiro
doblada
espiga sin mies,
la
sabia ardiendo en la imagen
de
nunca reverdecer,
mirada
y rumbo el coplero
pone
para su caney,
cuando
con trote sombrío
oye
un jinete tras él.
Negra
se le ve la manta,
negro
el caballo también;
bajo
el negro pelueguama
la
cara no se le ve.
Pasa
cantando en romance
sin
la mirada volver:
"En
la negra orilla del mundo
se
han de hallar de quien a quien
aquél
que ve sin mirar
y
aquél que mira sin ver.
"Cuando
esté más hondo el río
aguárdame
en Santa Inés,
que
yo lo voy a buscar
para
cantar con úste.
"Soy
retador de juglares
desde
los siglos del rey.
Le
sobra con esperarme
Si
me quiere conocer."
Mala
sombra del espanto
cruza
por el terraplén:
hacia
mármoles de ocaso
se
alarga como un ciprés
Jinetes
de lejanía
acompañan
en tropel;
La
encobijan y la borran
Pajas
del anochecer.
La
palma en la luz agónica
centra
pávido ajimez.
Florentino
taciturno
coge
el banco de través.
Puntero
en la soledad
que
enlutan llamas de ayer,
caminante
sin camino,
resero
si una res,
parece
que va soñando
con
la sabana en la sien.
En
un verso largo y hondo
se
le estira el tono fiel,
con
su América andaluza
en
lo español barinés:
"Sabana,
sabana, tierra
que
hace sudar y querer,
parada
con tanto rumbo,
con
agua y muerta de sed.
Una
con mi alma en lo sola,
una
con Dios en la fe;
sobre
tu pecho desnudo
yo
me paro a responder:
sepa
el cantador sombrío
que
yo cumplo con mi ley
y
como canté con todos
tengo
que cantar con él…
EL SUR TAMBIÉN
EXISTE
Mario Benedetti
Con
su ritual de acero
sus
grandes chimeneas
sus
sabios clandestinos
su
canto de sirenas
su
cielo de neón
sus
ventas navideñas
su
culto de dios padre
y
de las charreteras
con sus llaves del reino
el norte es el que ordena
pero
aquí abajo
el
hambre disponible
recurre
al fruto amargo
de
lo que otros deciden
mientras
el tiempo pasa
y
pasan los desfiles
y
se hacen otras cosas
que
el norte no prohíbe
con su esperanza dura
el sur también existe
con
sus predicadores
sus
gases que envenenan
su
escuela de chicago
sus
dueños de la tierra
con
sus trapos de lujo
y
su pobre osamenta
sus
defensas gastadas
sus
gastos de defensa
con su gesta invasora
el norte es el que ordena
pero
aquí abajo abajo
cada
uno en su escondite
hay
hombres y mujeres
que
saben a qué asirse
aprovechando
el sol
y
también los eclipses
apartando
lo inútil
y
usando lo que sirve
con su fe veterana
el sur también existe
con
su corno francés
y
su academia sueca
su
salsa americana
y
sus llaves inglesas
con
todos sus misiles
y
sus enciclopedias
su
guerra de galaxias
y
su saña opulenta
con todos sus laureles
el norte es el que ordena
pero
aquí abajo abajo
cerca
de las raíces
es
donde la memoria
ningún
recuerdo omite
y
hay quienes se desmueren
y
hay quienes se desviven
y
así entre todos logran
lo
que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el sur también existe
CREDO
Aquiles Nazoa
Creo en Pablo Picasso,
todopoderoso, creador del cielo de la tierra; creo en Charlie Chaplin, hijo de
las violetas y de los ratones, que fue crucificado, muerto y sepultado por el
tiempo, pero que cada día resucita en el corazón de los hombres; creo en el
amor y en el arte como vías hacia el
disfrute de la vida perdurable; creo en los grillos que pueblan la noche de mágicos
cristales; creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su
rueda maravillosa; creo en la cualidad aérea del ser humano, configurada en el
recuerdo de Isadora Duncan abatiéndose como una purísima paloma herida bajo el
cielo del Mediterráneo; creo en las monedas de chocolate que atesoro
secretamente debajo de la almohada de mi niñez; creo en la fábula de Orfeo,
creo en el sortilegio de la música, yo que en las horas de mi angustia vi al
conjuro de la Pavana de Fauré, salir liberada y radiante a la dulce Eurídice
del infierno de mi alma; creo en Rainer María Rilke, héroe de la lucha del
hombre por la belleza, que sacrificó su vida al acto de cortar una rosa para
una mujer; creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia;
creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar, creo en un barco esbelto y distantísimo que
salió hace un siglo al encuentro de la aurora; su capitán Lord Byron, al cinto
la espada de los arcángeles, y junto a sus sienes un resplandor de estrellas;
creo en el perro de Ulises, en el gato risueño de Alicia en el País de las
Maravillas, en el loro de Robinson Crusoe, en los ratoncitos que tiraron del
coche de la Cenicienta, en Beralfiro el caballo de Rolando, y en las abejas que
labraron su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero; creo en la amistad
como el invento más bello del hombre; creo en los poderes creadores del pueblo,
creo en la poesía y, en fin, creo en mi mismo, puesto que sé que hay alguien
que me ama.
UN CANTO PARA BOLÍVAR
Pablo Neruda
Padre
nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
de
toda nuestra extensa latitud silenciosa,
todo
lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:
tu
apellido la caña levanta a la dulzura,
el
estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,
el
pájaro bolívar sobre el volcán bolívar,
la
patata, el salitre, las sombras especiales,
las
corrientes, las vetas de fosfórica piedra,
todo
lo nuestro viene de tu vida apagada,
tu
herencia fueron ríos, llanuras, campanarios,
tu
herencia es el pan nuestro de cada día, padre.
Tu
pequeño cadáver de capitán valiente
ha
extendido en lo inmenso su metálica forma,
de
pronto salen dedos tuyos entre la nieve
y
el austral pescador saca a la luz de pronto
tu
sonrisa, tu voz palpitando en las redes.
De
qué color la rosa que junto a tu alma alcemos?
Roja
será la rosa que recuerde tu paso.
Cómo
serán las manos que toquen tu ceniza?
Rojas
serán las manos que en tu ceniza nacen.
Y
cómo es la semilla de tu corazón muerto?
Es
roja la semilla de tu corazón vivo.
Por
eso es hoy la ronde de manos junto a ti.
Junto
a mi mano hay otra y hay otra junto a ella,
y
otra más, hasta el fondo del continente oscuro.
Y
otra mano que tú no conociste entonces
viene
también, Bolívar, a estrechar a la tuya
de
Teruel, de Madrid, del Jarama, del Ebro,
de
la cárcel, del aire, de los muertos de España
llega
esta mano roja que es hija de la tuya.
Capitén,
combatiente, donde una boca
grita
libertad, donde un oído escucha,
donde
un soldado rojo rompe una frente parda,
donde
un laurel de libres brota, donde una nueva
bandera
se adorna con la sangre de nuestra insigne aurora,
Bolívar,
capitán, se divisa tu rostro.
Otra
vez entre pólvora y humo tu espada está naciendo.
Otra
vez tu bandera con sangre se ha bordado.
Los
malvados atacan tu semilla de nuevo,
Clavado
en otra cruz está el hijo del hombre.
Pero
hacia la esperanza nos conduce tu sombra,
el
laurel y la luz de tu ejército rojo
a
través de la noche de América con tu mirada mira.
Tus
ojos que vigilan más allá de los mares,
más
allá de los pueblos oprimido y heridos,
más
allá de las negras ciudades incendiadas,
tu
voz nace de nuevo, tu mano otra vez ace:
tu
ejército defiende las banderas sagradas:
la
Libertad sacude las campanas sangrientas,
y
un sonido terrible de dolores precede
la
aurora enrojecida por la sangre del hombre.
Libertador,
un mundo de paz nació en tus brazos.
La
paz, el pan, el trigo de tu sangre nacieron,
de
nuestra joven sangre venida de tu sangre
saldrán
paz, pan y trigo para el mundo que haremos.
Yo
conocí a Bolívar una mañana larga,
en
Madrid, en la boca del Quinto Regimiento,
Padre,
le dije, eres o no ers o quién eres?
Y
mirando el Cuartel de la Montaña, dijo:
“Despierto
cada cien años cuando despierta el pueblo”.
EL PUEBLO
VICTORIOSO
Pablo Neruda
Está
mi corazón en esta lucha.
Mi
pueblo vencerá. Todos los pueblos
vencerán,
uno a uno.
Estos
dolores
se
exprimirán como pañuelos hasta
estrujar
tantas lágrimas vertidas
en
socavones del desierto, en tumbas,
en
escalones del martirio humano.
Pero
está cerca el tiempo victorioso.
Que
sirva el odio para que no tiemblen
las
manos del castigo,
que
la hora
llegue
a su horario en el instante puro,
y
el pueblo llene las calles vacías
con
sus frescas y firmes dimensiones.
Aquí
está mi ternura para entonces.
La
conocéis. No tengo otra bandera.
YO NO ME CALLO
Pablo Neruda
Perdone
el ciudadano esperanzado
mi
recuento de acciones miserables,
que
levantan los hombres del pasado.
Yo
predico un amor inexorable.
Y
no me importa perro ni persona:
sólo
el pueblo es en mí considerable:
sólo
la Patria a mí me condiciona.
Pueblo
y Patria manejan mi cuidado:
Patria
y pueblo destinan mis deberes
y
si logran matar lo levantado
por
el pueblo, es mi patria la que muere.
Es
ése mi temor y mi agonía.
Por
eso en el combate nadie espere
que
se quede sin voz mi poesía.
LA TIERRA SE LLAMA JUAN
Pablo Neruda
Detrás
de los libertadores estaba Juan
trabajando,
pescando y combatiendo,
en
su trabajo de carpintería o en su mina mojada.
Sus
manos han arado la tierra y han medido
los
caminos.
Sus huesos están en todas
partes.
Pero
vive. Regresó de la tierra. Ha nacido.
Ha
nacido de nuevo como una planta eterna.
Toda
la noche impura trató de sumergirlo
y
hoy afirma en la aurora sus labios indomables.
Lo
ataron, y es ahora decidido soldado.
Lo
hirieron, y mantiene su salud de manzana.
Le
cortaron las manos, y hoy golpea con ellas.
Lo
enterraron, y viene cantando con nosotros.
Juan,
es tuya la puerta y el camino.
La tierra
es
tuya, pueblo, la verdad ha nacido
contigo,
de tu sangre.
No pudieron exterminarte.
Tus raíces,
árbol
de humanidad,
árbol
de eternidad,
hoy
están defendidas con acero,
hoy
están defendidas con tu propia grandeza
en
la patria, blindada
contras
las mordeduras del lobo agonizante.
Pueblo,
del sufrimiento nació el orden.
Del
orden tu bandera de victoria ha nacido.
Levántala
con todas las manos que cayeron,
defiéndela
con todas las manos que se juntan:
y
que avance a la lucha final, hacia la estrella
la
unidad de tus rostros invencibles.
YO JUSTIFICO ESTA GUERRA
Víctor Valera Mora
(fragmento)
III
Ellos
pensaban que Ezequiel Zamora había concluido para siempre
y nunca
más el planteamiento de su cuchillo y desmesurado corazón
regresaría
a hurgar la paz de los oligarcas
Pero
no todos los muertos viajan tranquilos
a algunos
molesta estar ahí sin hacer nada
e
insisten con terquedad
y
regresan a presidir los nuevos combates
a
dilucidar el asunto que los vistió de ausencia
…
Mas
es cierto es reconocido
la
caída en el sitio de San Carlos
fue
una jugada de mala ley
pero
olvidaron enterrar el sonido de sus sienes veladas
Zamora
cabalga señores
ya
los dientes del pueblo
están
royendo los muros de vuestro reino
y
no es el desarropado ni el sordo nie el ciego de ayer
ahora
tiene bandera poetas y metal organizado
Recojan
la cosecha de vientos que sembraron
…
Zamora
cabalga en el incendio
y somos
lo que sucede la posibilidad del porvenir…
EL VISITANTE DEL MAR
Víctor Valera Mora
(fragmento)
…Llamadme
el día de las canciones colectivas
de las rojas banderas enarboladas,
cuando pan y risa sean forma de gobierno
y Juan República Popular
sean nombres y apellidos del pueblo.
Estoy en lo justo, llamadme solamente.
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